martes, 30 de junio de 2015

EL MOMENTO POLÍTICO ES OTRO EN AMÉRICA LATINA ANTE UN IMPERIO DÉBIL QUE AUN LE FALTA UN EMPUJON


Cuando el norte es el Sur (Gisxxi)

31 mayo, 2015

La actitud beligerante de Barack Obama hacia Venezuela ha recibido el rechazo mayoritario de la población. Así lo evidencian los diferentes estudios y encuestas que se han publicado al respecto. Los elevados porcentajes demuestran que el rechazo trasciende el alineamiento partidario. 

Eso incluye a chavistas y opositores, a abstencionistas, a personas con una fuerte carga ideológica y a otras que apenas se interesan por la política. 

Es un apoyo transversal en el que confluyen diferentes sensibilidades unidas por un rasgo común: la defensa de la soberanía nacional frente a cualquier tipo de injerencia.

No siempre fue así. No hace muchos años, Estados Unidos, y en menor medida, Europa eran los referentes simbólicos de la práctica totalidad del pueblo venezolano, con independencia del estatus socioeconómico de cada persona. Cada clase social asimilaba los modos del Norte según sus capacidades.

 Los ricos los copiaban milimétricamente, mientras que para los sectores medios constituían el horizonte de progreso. Las mayorías populares debían conformarse con observarlos desde la lejanía. En aquella época, el pueblo estaba excluido hasta de los sueños, incluido el sueño estadounidense. Podían ver el festín desde la ventana, pero jamás sentarse a la mesa.

La hegemonía estadounidense fue tan decisiva como el rentismo petrolero a la hora de moldear a la sociedad venezolana del siglo XX. De hecho, ambos factores van de la mano. Es imposible entender al uno sin el otro.

 El modelo norteamericano se imponía con el correr de los años a la par que la valoración de lo propio menguaba, en un juego de vasos comunicantes. La superioridad civilizatoria en la que se basa cualquier proyecto de colonización conlleva necesariamente la autopercepción de inferioridad por parte del colonizado.

 Todo lo que llegaba de Estados Unidos era mejor, más moderno, eficiente, atractivo, funcional, rápido, lujoso, cualquier connotación positiva que se quisiera aplicar… Daba igual que fuera un automóvil que una prenda de vestir; una película o una cadena de comida rápida; una propuesta económica o un sistema político

 Así se decantó un sentido común de época que dictaba que el norte era, precisamente, elNorte. La reivindicación de un proyecto propio, surgido desde la propia venezolanidad, quedaba relegada del debate público.

 Las construcciones hegemónicas no admiten discusión. Se asumen y se incorporan al acervo común. Un rápido repaso a los discursos políticos de aquellos tiempos permite comprobar cómo el ideario estadounidense era asumido como plan rector del país. La competencia entre los diferentes partidos políticos se centraba en ver quién ofrecía la propuesta más concordante con el patrón estadounidense.

La irrupción de Hugo Chávez en los 90 sacudió el tablero de consensos que se había configurado durante décadas. Aquella oferta inicial se basaba, en un primer momento, en buscar la salida al laberinto neoliberal. Chávez sabía que la construcción de cualquier proyecto político pasaba por abandonar los paradigmas ultracapitalistas que habían conducido a Venezuela al abismo. Y una de sus grandes intuiciones fue incorporar la renacionalización del sentir venezolano como uno de los principales elementos de lucha política para encontrar esa salida.

En esta batalla, el concepto del Bolivarianismo fue fundamental. La pugna contra el neoliberalismo tenía que ser política, económica y social pero también nacional, en una primera fase, y subcontinental a medio plazo. Era imposible salir del laberinto si Estados Unidos seguía siendo la gran referencia. 

Había que dejar de mirar al norte para reencontrarse con un Sur, con mayúsculas, y recuperar la identidad venezolana y, por extensión, latinoamericana (cabe señalar que Chávez reclamó una identidad propia no sólo para combatir el capitalismo sino también para construir el socialismo; de ahí su reivindicación constante de José Carlos Mariátegui para transitar hacia un socialismo que no fuera “copia ni calco” y sí “creación heroica”; es decir, los paradigmas de un socialismo clásico pensado para una Europa industrializada tampoco podían tener traslación automática en Venezuela).

Hugo Chávez tuvo éxito en esta empresa. A la luz de los datos demoscópicos de diversas encuestas, se puede afirmar que el sentido común de época ha cambiado. Las mayorías sociales ya no ven a Estados Unidos como el faro y, consecuentemente, no admiten ningún tipo de injerencia ni mucho menos una agresión tan violenta en términos diplomáticos como el decreto que califica a Venezuela como una amenaza “extrema e inusual”. 

Tampoco se permiten intromisiones a través de agentes interpuestos, como es el caso de España, cuyos gobiernos, indistintamente del PP o del PSOE, se prestan siempre a cumplir las órdenes de Washington. Recuérdese aquel lamentable incidente diplomático con el avión presidencial de Evo Morales, en el que España demostró que aún no ha superado sus viejos complejos coloniales de un imperio que ya hace siglos que dejó de existir.

Frente a esta realidad, la derecha sigue sin hacer una lectura correcta del momento histórico. No ha entendido que la defensa de la soberanía es un consenso transversal que supera las adhesiones partidarias. 

En Venezuela, el suelo sobre el que se construye el edificio social se ha desplazado en estos quince años, pero la oposición no se ha movido con él. Sigue pensando en términos de hace dos décadas. Su postura en el asunto del decreto de Obama así lo demuestra. Cuando el reclamo popular era un posicionamiento político claro contra la agresión estadounidense, los líderes de la derecha optaron por el silencio. Incluso algunos apoyaron explícitamente al Gobierno estadounidense. 

Las pocas excepciones que entendieron que se trataba de una cuestión de Estado no hicieron más que poner de relieve la miopía generalizada con la que actuó la dirigencia opositora. Por otra parte, no les debía de resultar fácil enfrentarse con quien les viene sosteniendo política y económicamente desde hace casi un siglo. Cualesquiera que sean los motivos, lo cierto es que el pueblo venezolano ha repudiado de forma generalizada el posicionamiento opositor.

El futuro es impredecible. Los sentidos comunes cambian, inaugurando nuevas épocas. Pero desde el momento actual, se puede afirmar que la defensa de la soberanía nacional y la independencia ha venido para quedarse. Donde antes había un patio trasero, se ha construido un edificio sólido de identidad venezolana y latinoamericana cuyo norte, ahora, es el Sur

GISXXI / MISIONEROS DE LA COMUNICACIÓN
misionerosdela comunicacion@gmail.com

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